Con todos era una puta; conmigo, una fortaleza inexpugnable.
Tal vez por eso me seducía tanto, tal vez por eso me obsesionaba tanto. Porque
desde un punto de vista, no era precisamente una mujer espectacular, no poseía
una belleza llamativa o una personalidad impactante. Más bien se trataba de una
persona discreta, reservada, incluso un tanto gris. ¿Cuál era entonces la razón
para haber convertido en el centro de mi atención a una joven que además de
todo me rechazaba, me menospreciaba, me rehuía? Dicen que el amor se basa en la
sinrazón, en la falta de lógica, en el absurdo. Pero, ¿era amor lo que yo
sentía por ella? ¿Era amor o un empecinamiento irracional? ¿Era quizá, como me
lo dijera alguien, una mera adicción? Posiblemente sí. Ya que no me había dado
por las drogas, el alcohol o la religión, me había vuelto en cambio adicto a
ella, a esa mujer veintitrés años menor que yo y quien respondía al dulce
nombre de Montserrat.
No obstante, lo peor de todo era que me había prendado de
una hembra que saltaba de cama en cama, de hombre en hombre, con la velocidad
de la luz. Y no lo ocultaba. Incluso hacía ostentación de ello. “¿Por qué soy
tan ninfómana?”, la escuché decir un día entre broma y en serio, a una amiga
suya, delante de mí, sin que le importara en lo absoluto lo que yo pudiera
sentir. Porque además de todo, Montserrat conocía a la perfección lo que yo
sentía por ella y parecía gozar con mi sufrimiento.
Era una mantis religiosa veinteañera, fascinada por devorar,
con sádica lentitud, al macho que la cortejaba. Había que exterminarlo con
premeditada parsimonia. Primero las extremidades inferiores, más tarde las
superiores, luego la cabeza y el tórax –con todo y sexo emasculado-, para
terminar por comerse a dentelladas la parte más vulnerable y sensible: el cursi
corazón enamorado.
Sobra decir que todos quienes me rodeaban en ese entonces me
miraban con una mezcla de compasión e impaciencia. Sentían al mismo tiempo
lástima y enojo. Para mis amigos, era yo un imbécil que se dejaba pisotear por
una tipa que no valía la pena. “Mándala a la chingada” era su frase más
recurrente. Para mis amigas, era yo un pelele que no demostraba amor propio
alguno al seguir empecinado en conquistar a una mujer desalmada. “Mándala a la
chingada” era así mismo, su frase más recurrente. En fin: estaba convertido en
el hazmerreír de la gente que no me quería y también de la que me quería.
Así pasaron tres, cuatro, cinco, siete, diez, veinte largos
años, sin que la situación cambiara un ápice. Algo en mi interior me decía que,
tarde o temprano, Montserrat terminaría por cansarse de su vida licenciosa, de
su promiscuidad irrefrenable, de su casquivana liviandad (como dirían los
antiguos). Y así fue. Justo al cumplir los cuarenta. A esa edad, había perdido
su frescura, su elasticidad, aun su vocación sensual. Era, o pretendía ser, una
mujer madura. Decidió entonces abandonar el gusto por coleccionar varones y
dedicarse a uno solo. Volverse monógama. Contraer matrimonio.
Yo continuaba cerca. Había sufrido por casi dos décadas, con
vergonzoso estoicismo, su desdén amoroso, pero seguía ahí, siempre servicial,
siempre leal, como un perrito faldero en espera de las sobras de la gran
comilona. Ella lo sabía y por eso no se había alejado del todo. Conocedora de
mi masoquista incondicionalidad, había logrado algo notable: cada vez que el
frágil hilo que nos unía se tensaba y estaba a punto de reventar, lo aflojaba
con astucia y lograba de ese modo que yo continuara atado a su cintura. Para
mí, aquel hilo era mi única esperanza y tampoco me empeñaba en romperlo. Así
las cosas, una mañana la invité a desayunar y me reveló el cambió que había
decidido hacer en su vida.
-Quiero casarme. Necesito sentar cabeza.
Se veía triste, con la mirada un tanto apagada y la piel un
tanto seca. Yo seguía mirándola, sin embargo, como la mujer más bella del
universo. Al escuchar sus palabras, desde lo más recóndito de mi ser brotó un
halo de ilusión. ¿Era acaso que la vida me recompensaba? ¿Tanto padecer en
silencio, tanta sufrida paciencia, a final de cuentas habían valido la pena y
podría aspirar, ahora sí, a convertirme en el único hombre de aquella a quien
seguía amando con abnegada pasión? Después de todo, si en alguien podía confiar
Montserrat para pasar a su lado el resto de sus días era en mí. Quise decírselo,
proponerle matrimonio en ese mismo instante, pedir al mesero una botella del
mejor vino rojo y brindar por la felicidad que de pronto parecía asomar en mi
vida. Pero ella habló primero.
-¿Te acuerdas de Jerónimo, aquel amigo mío que tantos celos te
daba?
Escuchar ese nombre me hizo estremecer. Habían transcurrido quince
años desde los meses de espanto en los cuales ella anduvo con él y en los que
me lo restregó en la cara en varias ocasiones. Si yo había aborrecido a todos y
cada uno de los galancetes con quienes Montserrat había compartido holgadamente
lo que a mí me negó siempre, por Jerónimo sentía el peor de los rencores. Si
todos los que la gozaron durante esos años habían sido en su mayor parte
consumados patanes éste era el más patán.
-Sí, sí me acuerdo. ¿Por qué?
En mi pregunta vibró un temor nervioso. Mi cuerpo se llenó
de tensión y mis manos temblaron a pesar de los esfuerzos por controlarme.
-Bueno, él…, Jerónimo…, me propuso que nos casáramos.
Si en aquel momento hubiera tenido en mi mano derecha un
vaso de vidrio, seguramente lo hubiera hecho añicos con la presión de mis dedos
y habría sangrado con profusión. Pero sangré. Vaya que sangré. Sólo que
Montserrat no se dio cuenta o pretendió no hacerlo. Yo tenía la garganta seca y
los ojos humedecidos. Ella miraba hacia otra parte.
-¿Y tú qué piensas?
Su interrogante me desconcertó. ¿No era obvio lo que yo
podría contestarle? ¿No sabía de sobra todo lo que yo sentía por ella, todo el
amor que le tenía y le había demostrado durante tantos malditos años?
¿Desconocía acaso lo que yo pensaba de aquel imbécil?
-¿Que qué pienso?
-Sí, Aconséjame. Eres mi mejor amigo.
Ahora que recuerdo la escena, con la relativa tranquilidad
que da el paso del tiempo, me parece que debimos vernos absolutamente ridículos.
Una mujer que ingresaba a sus cuarenta y un hombre de sesenta y tres, de
cabello cano y vientre abultado, sostenían un diálogo que tal vez habría
resultado menos absurdo en personas veinte años menores. Por supuesto que mi
consejo hubiera valido muy poco. Yo tenía la certeza de que Montserrat tenía
decidido lo que iba a hacer y que nada, mucho menos mi opinión, le haría cambiar
lo que ya había determinado.
Se casaron dos meses más tarde. Ella me llamó un día antes
de la boda para invitarme, a sabiendas de que de ninguna manera asistiría.
Quién iba a imaginar que antes de medio año se separarían y se divorciarían de
manera irreconciliable. Bueno, a decir verdad, yo sabía que eso iba a suceder. Conocía
lo bastante a Montserrat para adivinar que no estaba hecha para la vida de
casada.
Jamás lo volvió a intentar. Trató de volver a su afición por
las camas diversas, por los machos de ocasión, pero ya no fue lo mismo y
terminó por dejar su entrepierna en paz. Ayer cumplió cincuenta años. Sé que
vive sola en una pequeña ciudad de la costa del Golfo. Hace un lustro que no la
veo, si bien esporádicamente nos escribimos o nos llamamos por teléfono. ¿Qué si
todavía la amo? Creo que sí. Por alguna extraña razón que supongo jamás me
sabré explicar, mi amor por Montserrat ha seguido vivo y su recuerdo me
mantiene paradójicamente joven. No está mal para un sujeto de setenta y tres
años que sigue sin hacerse a la idea de que ya no es un adolescente.




